martes, 13 de junio de 2017

Gabotril. Sin prescripción

Por Mario Baldío

Advertencia: La letra escrita en esta reseña (o receta?) es solo una metáfora creativa que no tiene nada que ver con el pensamiento del autor.


Escuchar, dicen, es un fenómeno psicoacústico. Lo que entra por las pailas se hace indisociable de lo que se cocina en la mollera. Lo que pasa con Gabotril es, digamos, otra cosa.

Su música es un fenómeno psicoactivo. Lo que oímos es una guitarra haciendo:              “charrachachárrachachárrachachán!!”, pero no estamos escuchando realmente, sino asistiendo a la aguardentosa, balcánica y cocodrilezca boda gitana de nuestras polígamas neuronas.

No nos será posible escapar de esa sinestesia porque es algo más que una sinestesia.

Se suspende la retórica del músico que vende un discurso, un mensaje, una prédica escuálida que se hace humo entre los sordos alegres del público.

Las canciones, mejor dicho, las “rolas” de Gabotril se dislocan a sí mismas, no solo porque siempre se muestran hospitalarias a ser interrumpidas por las palabras en tropel que él mismo suelta estrepitosamente,  pues todo lo que dicen, antes de articular algún sentido nos transportan, violenta, erótica y provocativamente a una situación tan cruda como cualquier trasnochada esquina húmeda en algún oscuro callejón, repleto de carcajadas, y al mismo tiempo tan surrealista como meter a la juguera una película de Ed Wood, Alex de La Iglesia, Burton, Kusturica, Terry Gillian, un cuadro de El Bosco, una obra de Jorge Díaz y… una lonjita de limón.

Una devota procesión de zombis espaciales recién bautizados, un payaso triste intentando encender un cigarrillo después de un tumulto rockabilly, un niño que espera a su mamá mientras ve a su abuelita cantarle a Camiroagua, una que otra gárgola parada a las 3 de la mañana y todas las muñecas taiwanesas que Barbie ni siquiera puede mirar a los ojos serían el público ideal para Gabotril. Nosotros hacemos lo que podemos para estar a la altura.

Hay ternura en la bravura, en un “Paréntesis fijo”; hay crapulencia en la inocencia en “Confesión infantil”, y cuando suena: “Que no me digan en la esquina! Que no me digan en la esquina!” se nos revela esa pesadilla que alguna vez sonó en la radio cuando chicos, recordándonos la náusea y al mismo tiempo la indignante celopatía patriarcal que se trivializa en los programas de farándula y se tribaliza en el cálido amoblado pequeño-burgués.

“Dicen que…”: Una guitarra filosa, impropia, urgente amenaza con despertarnos de nuestras cómodas butacas, haciéndonos mover compulsivamente la patita como a un gato que no le parte la moto y chillar como monos!

 No, no es una leyenda urbana. Que no se lo “digan en la esquina!” Que no se lo muestren primero en Youtube…


Gabotril es un psicofármaco de acción inmediata, y de efectos irreversibles. No se prive de la ingesta de su música.

6 comentarios:

  1. Espléndida reseña, dos grandes de la letra en pleno vuelo.
    Gracias Miguel por tan luminosa pantalla.

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    1. Gracias a ustedes, mis queridos amigos gatunos.

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  2. Felicidades Mario y Gabo , son grandes!

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  3. Excelente Artículo Mario Baldío, y éxito en todo amigo. Grande!!

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