jueves, 15 de junio de 2017

Batman, el caballero luminoso (y kitsch)


Yo nunca tuve que decir "soy Batman"

Adam West

En los años 60, ocurrió un verdadero fenómeno de masas de la cultura pop, nos referimos al éxito de la serie de televisión “Batman”, estrenada en la cadena ABC en 1966, y emitida hasta 1968. Con 120 episodios, tuvo una fama arrolladora. El año 1966 se estrenó en los cines la película “Batman”, casi con el mismo elenco que la serie de TV.


Protagonizada por Adam West (Bruce Wayne/Batman) y Burt Ward (como Dick Grayson/Robin), la serie contaba en forma sicodélica y muy colorida las aventuras del Superhéroe de Ciudad Gótica. También aparecían personajes como Alfred, Batichica, el comisario Gordon, y los infaltables villanos, donde podíamos ver al Guasón, el Pingüino, Gatúbela, o el Acertijo.



La serie era una adaptación del comic, pero en un tono brillante y con bastante de comedia, y en sintonía con algunas corrientes de la década. Podemos hablar sin exagerar de una clara inspiración de lo kitsch y lo camp. Entendiendo por kitsch una copia inferior y casi de mal gusto, de estilos artísticos considerados valiosos y reconocidos. Y al referirnos a lo camp, estamos hablando de una estética del arte pop con mucho de humor, ironía y exageración. En cualquier definición de lo camp se nos subrayarán como sus características lo vulgar, el humorismo y lo artificioso de las situaciones. La serie de Batman de los 60 llega a lo delirante, pero con los años se ha olvidado que pese a todo, era una serie de suspenso y acción, con algo de drama e incluso tensiones románticas entre los enemigos, por ejemplo entre el Hombre Murciélago y una de las Gatúbelas de la serie, la interpretada por Julie Newmar. Pero si vemos las onomatopeyas, el Batusi o bati-twist, las persecuciones en tablas de surf o las situaciones francamente ridículas de la película, resulta muy difícil tomarla en serio. Y aunque la serie influenció a los cómics de la época, desde fines de los 60 y claramente en los 70, el Caballero Oscuro de las revistas se fue volviendo cada vez más serio y oscuro, de la mano de artistas como el destacado Neal Adams.

Debo señalar que el primer Batman que yo conocí fue el de la serie de TV, el Caballero Brillante como tan bien lo definió Adam West. Si la memoria no me falla, lo primero que vi fue la película, cuando la emitían por la televisión en la década de los 70, y yo la veía en San Miguel, en el departamento de mis abuelos paternos (mi abuelita Berta y mi abuelo Pedro). Luego no me perdía la serie, con los nombres que les pusieron a los personajes en el clásico doblaje mexicano: Bruno Díaz y Ricardo Tapia. ¿Y cómo olvidar los “santa cachucha” de Robin, el niño maravilla?




Pero a la vez fui descubriendo los cómics, los de la edición mexicana de la mítica EN (Editorial Novaro), y veía como el protagonista de estas aventuras era un solitario Batman, mucho más violento y amenazador que el de la colorida serie catódica. Eso si, aún estábamos a años de distancia de El Regreso del Caballero Oscuro y del Año Uno.

El actor Adam West participó en varias series de TV de los años 60. Por ejemplo en The Detectives, o en episodios de famosas producciones como La Hechizada, The Outer Limits y Galería Nocturna (ya en 1971). También puso su voz en dibujos animados como las series de Batman de la Filmnation, otra vez acompañado de Burt Ward como Robin. En la actualidad, participaba en la serie de dibujos animados Padre de Familia. Pero quedó encasillado como el televisivo Cruzado de la capa, cosa que supo aprovechar a su favor.

Ahora que West ha muerto, no puedo dejar de recordar las palabras de su familia, que señalaron en un comunicado que "Nuestro padre siempre se vio a sí mismo como El Caballero Brillante, y aspiraba a lograr un impacto positivo en las vidas de sus fanáticos. Siempre fue y siempre será nuestro héroe".





Adiós Adam West.
Uno más de tu generación nos ha dejado.

Miguel Acevedo


Post Data: quiero agradecer a mi amigo Elwin Alvarez, por haberme animado a escribir un texto sobre la muerte de Adam West.



martes, 13 de junio de 2017

Gabotril. Sin prescripción

Por Mario Baldío

Advertencia: La letra escrita en esta reseña (o receta?) es solo una metáfora creativa que no tiene nada que ver con el pensamiento del autor.


Escuchar, dicen, es un fenómeno psicoacústico. Lo que entra por las pailas se hace indisociable de lo que se cocina en la mollera. Lo que pasa con Gabotril es, digamos, otra cosa.

Su música es un fenómeno psicoactivo. Lo que oímos es una guitarra haciendo:              “charrachachárrachachárrachachán!!”, pero no estamos escuchando realmente, sino asistiendo a la aguardentosa, balcánica y cocodrilezca boda gitana de nuestras polígamas neuronas.

No nos será posible escapar de esa sinestesia porque es algo más que una sinestesia.

Se suspende la retórica del músico que vende un discurso, un mensaje, una prédica escuálida que se hace humo entre los sordos alegres del público.

Las canciones, mejor dicho, las “rolas” de Gabotril se dislocan a sí mismas, no solo porque siempre se muestran hospitalarias a ser interrumpidas por las palabras en tropel que él mismo suelta estrepitosamente,  pues todo lo que dicen, antes de articular algún sentido nos transportan, violenta, erótica y provocativamente a una situación tan cruda como cualquier trasnochada esquina húmeda en algún oscuro callejón, repleto de carcajadas, y al mismo tiempo tan surrealista como meter a la juguera una película de Ed Wood, Alex de La Iglesia, Burton, Kusturica, Terry Gillian, un cuadro de El Bosco, una obra de Jorge Díaz y… una lonjita de limón.

Una devota procesión de zombis espaciales recién bautizados, un payaso triste intentando encender un cigarrillo después de un tumulto rockabilly, un niño que espera a su mamá mientras ve a su abuelita cantarle a Camiroagua, una que otra gárgola parada a las 3 de la mañana y todas las muñecas taiwanesas que Barbie ni siquiera puede mirar a los ojos serían el público ideal para Gabotril. Nosotros hacemos lo que podemos para estar a la altura.

Hay ternura en la bravura, en un “Paréntesis fijo”; hay crapulencia en la inocencia en “Confesión infantil”, y cuando suena: “Que no me digan en la esquina! Que no me digan en la esquina!” se nos revela esa pesadilla que alguna vez sonó en la radio cuando chicos, recordándonos la náusea y al mismo tiempo la indignante celopatía patriarcal que se trivializa en los programas de farándula y se tribaliza en el cálido amoblado pequeño-burgués.

“Dicen que…”: Una guitarra filosa, impropia, urgente amenaza con despertarnos de nuestras cómodas butacas, haciéndonos mover compulsivamente la patita como a un gato que no le parte la moto y chillar como monos!

 No, no es una leyenda urbana. Que no se lo “digan en la esquina!” Que no se lo muestren primero en Youtube…


Gabotril es un psicofármaco de acción inmediata, y de efectos irreversibles. No se prive de la ingesta de su música.

Batman, el caballero luminoso (y kitsch)

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