“¡Temblor!...
¡Terremoto!… ¡Mentira!”
De un viejo chiste
Hace poco, tras el terremoto de 8,4 grados registrado en la
IV región de Chile, el 16 de septiembre pasado, en las noticias repetidas hasta
la saturación sobre el sismo por la tele, una señora afirmaba que pensaba que
era el “Fin del Mundo”. Y como no figurarse algo así, en medio de un sismo que bota las paredes de las casas, y tras el
cual suenan las alarmas de un maremoto. En esos momentos pueden emerger los
temores más profundos, y por instantes nublar la conciencia. Y ese relato me
trajo a la memoria antiguos recuerdos y sensaciones, también invocadas por la
seguidilla de réplicas, algunas bastante fuertes. Así que les contaré un poco
de mi ambiente mental de fines de los 70 e inicios de los 80, partiendo de la
base de que puede tener algún interés.
A fines de la década de 1970, en los diarios de circulación
nacional como La Tercera, se difundían notas sobre las predicciones del
astrónomo chileno Carlos Muñoz Ferrada. Muñoz Ferrada defendía la tesis de la
Geodinámica. Es decir, para él, los sismos no son provocados por el movimiento
de las placas tectónicas (choque de la placa de Nazca con la Sudamericana),
sino por fuerzas de atracción gravitacionales, que relacionan al océano, la
atmósfera, las explosiones solares y los terremotos. Para este investigador,
que tuvo el tremendo acierto de haber predicho el terremoto de Chillán de 1939,
toda la humanidad iba hacia un apocalipsis final, por culpa del planeta Hercólubus
(o el Planeta X), gigantesco cuerpo astral rojo que vaga por el espacio como un
cometa, y que viene en curso de colisión con la Tierra, evento final que será precedido
de terremotos globales y eclipses solares. En los diarios de fines de los 70,
Muñoz Ferrada se explayaba sobre sus teorías, diciendo que el fin de los
tiempos sería hacia el año 2000 ó 2001, fijando incluso fechas exactas de un
holocausto planetario que nunca ocurrió (1).
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Muñoz Ferrada |
Recuerdo que esas noticias me inquietaban sobre manera, pero
las leía con morbosa fascinación cuando caían en mis manos (en mi casa, mi
padre y mi abuelo compraban infaltablemente el diario, y mis abuelos maternos,
en la población La Victoria, también, aunque allá generalmente terminaba
sirviendo para envolver cosas).
Luego, por esa misma época, un especial (poco serio) de
televisión nos impactó mucho a mí y mis amigos, anunciando que se avecinaba “La
era de Acuario”, un alineamiento planetario que traería cataclísmicas
consecuencias para la Tierra. Recuerdo como con mi amigo Mario, a veces andando
en bicicleta conversábamos sobre estas predicciones, que tenían como fatal
fecha el año 1982. Por ese entonces yo no sabía que La era de Acuario era algo totalmente
distinto, una visión de hermandad y apertura espiritual, de vida en comunidad,
tan cara a las visiones hippies de los años 60 y 70.
Y en 1982, adivinen… no pasó nada.
Hasta que llegamos al domingo 3 de marzo de 1985. Esa tarde, con mi familia
veíamos una película de artes marciales en la televisión, nada menos que de
Chuck Norris. Comenzó el movimiento y lo tomamos a broma, ya que hacía rato que
se vivía un enjambre sísmico en la zona central del país. Estábamos juntos mi
mamá, mi papá, mi hermano René y Héctor, un amigo del liceo. En su pieza,
estaba mi abuelo. Entonces el temblor se fue transformando en un fuerte
terremoto, de 7,8 grados. Con mi hermano y el Héctor salimos a la calle, y las
casas y los postes se remecían como nunca antes lo había visto. La gente salía
asustada, y se cayeron algunas paredes. El saldo nacional fue de casi 180
muertos. Las réplicas duraron semanas con variada intensidad. Recuerdo como con
mi compañero de curso de esos años, Guillermo Calvillo, recorríamos las casas y
departamentos de nuestros amigos para preguntarles como estaban, y las
interminables conversaciones y paseos con mi hermano y mis amigos José Manuel, José
Luis, Mario y Pedro, otro miembro de la pandilla de mi adolescencia (a quien en
esa época llamábamos Gastón, y no tengo la menor idea de por qué). Guillermo
andaba con un ánimo particularmente pesimista, ya que su familia vivió el sismo
en San Antonio, donde la destrucción fue tremenda.
Muñoz Ferrada, desde su casa y observatorio en Villa
Alemana, volvió a la carga, con sus oscuras y poéticas alusiones al
planeta-cometa o al Sol negro, y explicando los sismos en la zona central
frente a la V región de Valparaíso, planteando esto desde antes de 1985, por la
existencia de los volcanes submarinos Oroya
y el Layod, información que ha sido desmentida por la Armada. Pero lo que nos
marcó a muchas personas por esa época, fue una fuerte réplica al terremoto (que
algunos señalan que fue un fenómeno de distinto origen), el 8 de abril de 1985,
superior a 7 grados. Esa réplica la
vivimos en la casa de Mario, junto a su abuela y un amigo de ese tiempo, que creo
que se llamaba Patricio.
Y aquí entra a escena la Virgen de Villa Alemana.
En 1983 comenzaron las grandes protestas populares contra la
dictadura militar de Pinochet. Y ese mismo año, un joven marginal, Miguel Angel
Poblete, llamado vidente por la prensa, empezó a ver visiones de la Virgen María,
en Peñablanca, Villa Alemana. La gente iba en masa a ver las apariciones,
incluso en buses pagados por las municipalidades fascistas de comunas de Santiago
(no olvidemos que en ese tiempo, los alcaldes eran designados por la dictadura,
no había ni siquiera elecciones para juntas de vecinos). Tras el terremoto del
85, arreciaron nuevamente las apariciones divinas, pero hacía rato que las
revistas de oposición al régimen, llamaban a la Virgen de Villa Alemana, la
Virgen con bototos. La jerarquía de la iglesia católica se distanció del
fenómeno de Peñablanca, siendo públicamente incrédula al respecto.
Y se supone que la Virgen predijo el fuerte sismo del 8 de
abril, contando hasta con un programa de radio para difundir la sicosis
colectiva, y anunciando que se venía un terremoto apocalíptico, que se hundiría
el país, y que para salvarse los creyentes debían poner en la puerta de su
casa, una imagen de un antiguo símbolo cristiano, un pez, ictus. Alguien en mi
casa colocó el dichoso símbolo. Mi estado de ánimo no podía ser más negro, yo
creo que cuasi depresivo. Pero el tiempo pasó y no ocurrió el apocalipsis, y
conversando y protestando en la calle contra la dictadura (yo lo hacía casi en
forma lúdica a esa edad, aún no tomaba conciencia de la seriedad de la lucha),
se fue disipando la nube oscura. Las visiones y las payasadas de Miguel Angel
duraron hasta 1988, cuando se acabaron las apariciones de Villa Alemana.
No olvidemos ni por un momento que en marzo y abril de 1985,
el país estaba en pleno estado de sitio, desde noviembre de 1984 (2), y habían ocurrido crímenes atroces
ejecutados por los agentes del Estado, como el secuestro y posterior
degollamiento de los comunistas Nattino, Parada y Guerrero, o el asesinato de
dos jóvenes militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), en la
Villa Francia, Eduardo y Rafael Vergara Toledo, ejecutados por la policía. Y en
1986, cuando las fuerzas más combativas de la izquierda llamaban a la
sublevación nacional y al alzamiento popular en el “año decisivo” contra el
gobierno, apareció en los cielos el cometa Halley y su estela, bello fenómeno
espacial que era prácticamente invisible desde Chile. Nuevamente intentaron
levantar cabeza los agoreros del fin de los días, pero esa ya es otra historia.
En los años 90, ingresé a estudiar en el querido Pedagógico
(rebautizado como UMCE por la dictadura y los democráticos nuevos tiempos). Y
uno de mis profesores, Eusebio Flores, quien se enorgullecía de que por su
influencia nuestro departamento se llamaba Departamento de Historia y
Geografía, nos entusiasmó con un viaje
de estudio a Villa Alemana, a conocer la casa de Muñoz Ferrada y sus aparatos
sismológicos hechos por él mismo. Pero nunca fuimos para allá, por falta de
financiamiento institucional, y quizá falta de interés de los propios alumnos.
Así que nunca conocí en persona al profeta de las tormentas cósmicas de mi
niñez.
En esa década, nunca tomé en serio las profecías sobre el
año 2000 y su final de mundo. Y luego en los años 2000, no le di mayor
importancia a los aciagos pronósticos de un cataclismo mundial el año 2012,
aunque los devastadores terremotos y tsunamis de 2010 en Chile (de 8,8°) y 2011
en Japón, de 9 grados (3), me dieron
bastante que pensar. Pero me he mantenido firme, lejos de las predicciones
apocalípticas de embusteros, charlatanes y profetas de tercera categoría, que
tienen su nicho y su tonto público cautivo, desde la televisión y la internet.
Miguel Acevedo M.
Quiero dedicar estos
párrafos, a mi querido profesor Eusebio Flores, a quien llamábamos
cariñosamente “Tevito”, quién murió hace pocos días atrás. Dejaste una huella
en mí y en toda la gente que te recuerda.
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profesor Eusebio Flores |
Notas:
1) Muñoz Ferrada
murió el año 2001, más o menos en el mismo marco cronológico en que predijo su
catástrofe planetaria. Debo decir que cada vez que leo sobre él, me hace evocar
las teorías de la paraciencia o seudo ciencia, o lo que los norteamericanos
llaman ciencia “fringe”, y uno de cuyos mayores exponentes fue el autor Charles
Fort, tan caro a Lovecraft y a varios integrantes de su círculo, autor de “El
Libro de los Condenados”. También los fenómenos de este tipo están muy bien
retratados en la notable serie de televisión Fringe, de J. J. Abrams, protagonizada
por la bella Anna Torv, Joshua Jackson, John Noble y el legendario Leonard
Nimoy.
2) en 1985,
Ricardo García era el ministro del Interior, y Francisco Javier Cuadra, el ministro
secretario general de gobierno. Estudios periodísticos han señalado a Cuadra como
uno de los impulsores del montaje mediático de la virgen de Villa Alemana. Para
una visión crítica y general de la situación del país en esos meses, escrita al
calor de los acontecimientos, se puede consultar la revista “Análisis”, o la
revista “Apsi”.
3) los grados
anotados en este texto para los sismos, corresponden a la escala de richter.