martes, 2 de agosto de 2011

La Presencia


Nyar era muy pequeño cuando recién nos lo trajo Flavio. Recuerdo que lo traía en un bolso negro y al abrir la cremallera él asomo su cabeza al día del living de mi casa, con su curiosidad y su ruido peculiar llenando el ambiente. A los vecinos sólo los extrañó, pero lenta y sordamente, sistemáticamente, los fue horrorizando a medida que crecía, y en verdad crecía, tanto que lo tuvimos que trasladar al patio del fondo, y una mañana como todas, apartando el velo de los cantos de los pájaros, la señora Leticia salió al balcón del segundo piso de su casa, que domina nuestro patio, y gritó. Gritó al verlo y botó el macetero que siempre sale a alimentar con su regadera, diciéndole luego a todos que Nyar era el culpable de la muerte de sus pobrecillas flores.

La cosa no quedó allí. A los vecinos se les ocurrió que Nyar salía de la casa y se comía a sus gallinas (desaparición que me consta, pues un día la Alejandra me hizo pasar a su patio para que viera que faltaban dos gallinas y de paso admirara lo bien que se veía con minifalda). Empezamos a pelearnos con todos, mi hermano ya no saludaba a los muchachos de la esquina y mis padres no decían ni pío, cuando alguien les iba a contar que había desaparecido su mascota. La única que no blasfemaba contra nuestro Nyar era Anita, la niña de la casa del frente. Ella siempre miraba jugar a sus hermanos menores a la pelota y a las puteadas, con su short y su polera blanca, mostrando el orbe claro de sus piernas y brazos infantiles y femeninos. Conoció a Nyar cuando no asustaba a nadie, y luego pasaba a verlo al patio, fascinada por el horror que a todos producía (menos a nosotros, por supuesto).

A mí en especial me gusta mirar el crepúsculo reflejándose en los ojos de Nyar, como se va escondiendo el sol abajo de sus pupilas y, poco a poco, se apaga el color del atardecer en su mirada y sólo queda el tono oscuro de ella contra la mía. Lo otro que me gusta es la cara que pone el lechero cuando pasa en su carrito y siempre salimos a comprarle algo, leche o quesillo, cuando antes ni lo inflábamos.

Una tarde en que yo dormía la siesta, sentí los gritos de Nyar llenando mi sueño, rasgándolo, y luego los alaridos que venían de todas partes de la villa, y desperté en medio del silencio más grande, sin cantos de gallo ni ladridos de perro, sin mis padres ni mi hermano en la casa. El sol ya se había puesto y el arrebol de las nubes se degradaba segundo a segundo. No se sentía nada, ni el viento moviendo las copas de los árboles.

Salí a mirar a la calle y sólo entreví dentro de las casas el mismo brutal desorden de la mía, recordando los gritos que sentí en sueños, que había comenzado al lado mío casi, y se habían ido alejando, saliendo de otras gargantas espantadas. Ahora recuerdo el miedo que siempre le tuvimos a Nyar, desde que comenzó a crecer en forma inusitada, llenando el patio con su presencia; el miedo que se dibujaba poco disimulado en nosotros, y nada de disimulado en los demás, desde que comenzó a salir y efectuar sus correrías que mi familia negaba, pero en el fondo del alma sabíamos ciertas. Ahora no está ni siquiera Anita con su perturbadora belleza infantil. Y yo sé que Nyar va a volver en medio de la noche sin nadie más entre él y yo.

Va a volver y lo estaré esperando, claro que lo estaré esperando.

Miguel Acevedo



(Publicado originalmente en 2003 en El Lugar Sin Nombre. Ver también el remozado Cajón Desastre, de Bblogzine.)

1 comentario:

  1. ¡Qué bueno tu cuento, compadre! Lo disfruté de principio a fin y sólo lamenté que fuese tan corto. Tiene harto de mucho: ternura y horror, una pizca de Lovecraft y hasta erotismo. Gracias, Micky, por compartir con nosotros tu talento.

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