domingo, 31 de julio de 2016

Una breve cita

"Cuando me viene a la cabeza una idea que me parece buenísima, tan buena que me confío, no voy a poder olvidarla. Luego, al cabo de un rato, se desvanece, ya no la recuerdo. De lo único que me acuerdo es de que era una buena idea, pero ya ni siquiera sé de qué iba."

Francesco Piccolo

Fuente: Momentos de Inadvertida Infelicidad






sábado, 9 de julio de 2016

Nota introductoria al libro "Velocidad", de Jaime Rodríguez

(Nota para el libro "Velocidad", de Jaime Rodríguez, publicado por GatoJurel Ediciones)


Nota Introductoria

Es muy grato para mí escribir esta nota introductoria al libro “Velocidad”, de Jaime Rodríguez, publicada por GatoJurel Ediciones. En los dos relatos que leerán a continuación, se encontrarán con un registro urbano y en algunos momentos realista, pero muy alejado de lo que hoy se entiende por esos términos. Jaime nos introduce en un mundo marginal, en el cuento que le da título a este breve libro, pero sin los típicos giros y lenguaje “naturalista” que hoy abunda en el cine chileno y en las teleseries, por ejemplo, donde la caricatura gruesa y la jerga supuestamente flaite impregna los diálogos y las actuaciones, sonando falso y vacío, mirado desde lejos por el “artista sensible” que hace una especie de turismo social en las cloacas de la ciudad. Aquí son personajes de verdad, que se mueven en los márgenes de la realidad vivencial de los segmentos populares. Y siempre buscando un escape, una grieta por donde salir de una precariedad  aplastante, quizás gracias a unas raudas zapatillas que hacen casi volar al protagonista de uno de estos cuentos.

Y en “Informe de Administración”, otra vez nos topamos con algunos personajes que se mueven al filo de la marginalidad, y otro al filo de la cordura. Aquí un simple informe de la administración de un conjunto de edificios, y las empresas ligadas a sus labores habituales, romperá los límites del aburrimiento tan típico de estos documentos grises que uno jamás leería completo, para transitar hacia los terrenos de una historia surrealista, casi dadaísta, con mucho humor, pero que ocurre en los típicos ambientes sociales de una ciudad chilena, y donde hay un conejo casi sacado de una de las aventuras maravillosas de la Alicia de Lewis Carroll, que invita con su sola presencia a uno de los protagonistas a preguntarse por su salud mental y física, y al lector por el tipo de registro realista donde pensaba estar cómodamente instalado leyendo, sin complicarse con una historia que lo invita a seguir atentamente y sin parpadear el desarrollo de los acontecimientos.

De muestra, un botón:

Personal de Mantención de la empresa “ 
”, cuyo nombre, como se puede ver, he colocado en wordart para que los malhablados, los peladores inmundos del Mauricio y del Chingao, cuando vean el presente Informe, comprueben con sus propios ojos, mirando en la pantalla, que sí me manejo en las otras funciones del programa “Word”, y que no ando pegándole a las teclas así no más, a tontas y locas, como me lo reprochan esos dos energúmenos.


Bueno, sin más vueltas ni preámbulos, los dejó para que disfruten los relatos del escritor Jaime Rodríguez.

Yo por mi parte espero leer pronto más narraciones de él.

Miguel Acevedo



Jaime Rodríguez

viernes, 1 de julio de 2016

ENTREVISTA PUBLICADA EN EL CUBIL DEL CÍCLOPE

Nota previa: Reproduzco a continuación una entrevista que me realizó mi amigo Elwin Álvarez, autor del blog El Cubil del Cíclope.


Entrevista a Miguel Acevedo

1-      Cuéntanos, por favor, cómo fue tu acercamiento y enamoramiento con el mundo de la literatura.

 En primer lugar, muchas gracias por esta entrevista, estimado amigo y bloguero.
Mi enamoramiento con la lectura primero, partió en mi lejana infancia, cuando descubrí las revistas de cómics gracias a mi padre y mi abuelo. “Turok”, “Superman”, “Batman”, “Tarzán” y “Kaliman” me hicieron enamorarme de sus viñetas y de sus aventuras. No puedo dejar de mencionar que los primeros cuatro títulos los conocí en las ya legendarias Ediciones Novaro, de México. Y aunque recuerdo varios libros de mi adolescencia, creo que me enamoré de la literatura en tercero medio, gracias a las librerías de la calle San Diego, y los libros que me recomendaban amigos que estaban en la misma sintonía que yo, como Mario Del Castillo. Y ahí comencé a leer desde Parra y Neruda, hasta Poe y Lovecraft, sin olvidar a los autores del llamado Boom latinoamericano, como Julio Cortázar. Partí con la ciencia ficción y el horror, eso sí. Un rol destacado en esta pasión por los libros, la tuvieron en mi juventud las bibliotecas públicas, como la Biblioteca nacional, la Biblioteca municipal de Providencia y la Biblioteca 4, de calle Dieciocho.

2- En tu primer libro “Cartelera de Cine” el séptimo arte es la gran estrella de tus textos… ¿Qué papel cumple en tu vida esta expresión artística?

También es un amor que viene de la niñez. Mi madre en primer lugar, nos llevaba al cine a mí y a mi hermano, a ver las películas que nosotros queríamos, de dibujos animados o de ciencia ficción, teniendo un espacio destacado las animaciones japonesas y el kaiju eiga Estamos hablando de los años 70, cuando se estrenaban en los cines cintas de la Toho o animaciones de la Toei, hechas en Japón en la década anterior. Mi padre también nos llevaba al cine, y luego en la adolescencia comenzamos a ir solos con mi hermano, o yo empecé a ir con mi pandilla de amigos de esa época, también con algunos compañeros del liceo, o simplemente disfrutaba con ir solo. Un rol destacado lo tuvo el balneario de Cartagena, donde íbamos en familia a veranear religiosamente cada año, y eran infaltables las idas a los cines Central y Francia. Cómo ya lo he señalado en más de una ocasión, es de lamentar que tantos cines del litoral central y de Santiago hayan desaparecido con la modernización capitalista de las últimas décadas en Chile. Y no falta el cínico que, con lenguaje de periodista, dirá que “son los costos de progreso”.
Y al hablar del séptimo arte, no puedo olvidar la influencia del cine arte en mis gustos, y en mis preocupaciones estéticas. Es de esperar que las pocas salas que se especializan en cine arte e independiente, no sucumban ante las grandes cadenas.

3- Eres un escritor de crónicas, cuentos, microcuentos (o nanocuentos como te gusta llamarles) y poemas… ¿Cuál de todos estos géneros y/o subgéneros te agrada más a la hora de escribir? (explica tu preferencia)

Los cuentos son lo que más me gusta escribir. Es un género que de joven me ha apasionado, tanto para leerlo como para cultivarlo. Te confieso que mis primeros intentos de escribir cuentos datan de la enseñanza media, pero desgraciadamente no conservé ninguno de ellos. El más antiguo que logré salvar es “Comunicación Unilateral”, pero ese lo escribí cuando tenía unos 18 ó 19 años. Creo que es un género de narrativa que puede entregar mucho, en pocas páginas. Y debe ganarte por K. O. como señalaba Julio Cortázar. De todas maneras, me gustan los cuentos que no sólo terminen de forma impactante, sino los que tienen aires poéticos, o una fuerte carga emotiva. Se me viene a la cabeza el nostálgico relato de ciencia ficción “30 días tenía septiembre”, de Robert F. Young. O esos relatos breves de una gran profundidad y que te presentan un pequeño universo que te atrapa y frente al que tus sentidos no tienen defensas posibles, como el extraordinario “Sredni Vashtar”, de Saki, muy recomendado por mi amigo Astarajael, otro bloguero a tener en cuenta.
Ahora, como desafío personal, me gustaría mucho escribir una novela. Típico que en la juventud comencé una, que no avanzó mucho, pero me reservo el nombre por si alguna vez reintento esa empresa. Aquí debo confesarte la sana envidia que siento por mi amigo Teobaldo Mercado, destacado escritor de ciencia ficción, quien ya ha autoeditado varios libros, uno de ellos una novela de space opera.

4- ¿Por qué razón decidiste que tu segundo libro fuese en colaboración con otra persona?
Considero muy interesante el trabajo literario en equipo, pero cuando tienes afinidad con la otra persona. La lectura y la escritura son actividades bastante solitarias, y eso me gusta de ellas, pero escribir algo en coautoría, puede enriquecer bastante el asunto.

5- ¿Qué significa para ti el título “Espejos” que junto a Paz Correa le pusieron al libro editado juntos?
En realidad, ese título fue sugerido por nuestra querida amiga y editora, Alejandra Pallauta, de GatoJurel. A ella le gustó mucho “El vendedor de Espejos”, del que vienen dos versiones al inicio del libro, y así fue surgiendo el título de esta breve recopilación.

6- ¿Por qué motivo Paz Correa y tú decidieron no indicar en su libro juntos a quién corresponde cada texto de los que aparecen en dicha colección?
En el mundillo de los escritores, incluso entre los que no son del mainstream y buscan la edición a través de las editoriales independientes, hay mucho ego, un ego a veces más grande que la calidad literaria. El libro “Espejos” ya venía con nuestros nombres, que en el caso de Paz es su nombre literario; entonces, ¿para qué poner la firma respectiva al final de cada cuento? No vimos que fuera algo necesario, no por lo menos para nosotros.

7- ¿Qué representa para ti el acto de ver editadas tus obras?
Ver mis humildes publicaciones en las actividades de las editoriales independientes, gracias al empeño de GatoJurel Ediciones, ha sido una gran satisfacción personal. Y un aliento para seguir escribiendo y publicando, en formato digital o en el papel impreso.



Leer la entrevista completa aquí: Entrevista a mi amigo el escritor Miguel Acevedo


En una actividad de la Feria del Libro Independiente y Autogestionada (FLIA), en el Centro Cultural Alameda, junto a Patricio Muñoz


martes, 14 de junio de 2016

Prólogo para la tercera edición del libro "Síndrome de Abstinencia"


(Prólogo escrito por mis amigos de GatoJurel Ediciones, para el libro de Jonathan Lalo Araya)

"Síndrome de Abstinencia", Primer libro de Jonathan Lalo Araya, ha marcado un hito importante en nuestra editorial, la edición que tienes en las manos corresponde a una tercera edición (300 copias vendidas). Este detalle nos llena de orgullo, pues nos sitúa como equipo en un escenario que no esperábamos, desde el proyecto inicial que comprende un periodo de 2 años antes de conocer al autor hasta el trayecto recorrido junto a él y a otros escritores en la lucha por difundir textos de calidad.
No tenemos fines de lucro y cargamos el orgullo de presentarnos altivos, no somos fotocopiadora y respaldamos nuestro brillo en la búsqueda y edición de verdaderos talentos.
El texto de Araya presenta una tipología textual de carácter mixto saltando intermitentemente de la narrativa a la lírica, revelando imágenes de la vida real contenida en un mundo propio de la población y la marginalidad. Un hombre mirando y dibujando su infancia a través de sus sentidos, olores de la olla común y  pegamento alucinógeno,  la imagen de la mujer madre y amante con los pies ensangrentados, dispuesta ponerse de pie para continuar viviendo.
El texto es una invitación a observar la valentía de unos ojos que, escondidos en la oscuridad de una esquina, deciden brillar y empezar de nuevo, prestos a observar todo desde cero.
Presentamos acá, en estas hojas que pudieron haber quedado en blanco antes de la llegada del guerrero, una vida completa, una biografía llena de astros de luz, de oscuridades cargadas, niños creciendo en el orgullo de un ejemplo sin par y junto a ellos la fotografía de tres mujeres que acompañan su camino.
Dejamos en sus manos una joya de antología, a la altura de nuestro amor por la lectura de calidad y a bajo costo.
                                                                                                                                 Gatojurel Ediciones.



Jonathan Lalo Araya, leyendo su poesía en la pasada celebración del Día de Libro, en el barrio Concha y Toro.



jueves, 2 de junio de 2016

LA LLEGADA

(Este relato comenzó como la idea de un argumento para un cortometraje, de preferencia algo que fuera junto con una canción, un trabajo artístico audiovisual. Pero se transformó en un cuento por derecho propio. Un cuento inspirado por las canciones de la banda Primavera Negra.
Aquí les dejo un ADELANTO, ya que espero publicarlo completo en el mediano plazo, en formato papel, idealmente.)






La Llegada

A Mario y Reinhardt

David se despertó con la desagradable sensación de que los dolores seguían ahí. Pero era sólo una sensación, un recuerdo que le dejaba un sabor amargo en la boca. Ya no tenía el suero inyectado en la mano izquierda, ni estaba en la clínica. Ya habían pasado algunos días de eso, afortunadamente el tiempo había pasado aunque fuera un poco. Estaba en su departamento, y en los dos primeros días después del alta, cada vez que se recostaba se quedaba de inmediato dormido. Efecto de tanto calmante que le habían inyectado, eso era lo que su novia le decía. Y ella, ¿dónde estaba? Se quedó un rato recostado en la cama, ya era de día pero no tenía ni idea de que hora era. Miró su reloj que estaba sobre el velador. Era la una de la tarde… ¿Qué día era? Estaba seguro que era un día de semana, pero estaba todo tan silencioso en la calle que parecía un domingo. Se levantó, tomó su teléfono celular, pero no había señal alguna. Llamó a Natalia, su novia; nada. Fue al comedor y prendió la tele, sólo vio rayas en la pantalla de los canales que marcó con el control remoto. Ahora le daban ganas de tener TV cable. Pero dejando ese pensamiento de lado, la situación lo empezó a preocupar. Se asomó a la calle por el balcón del tercer piso, no se veía a nadie abajo. Miró hacia Irarrázaval, un par de cuadras al norte. No se veían autos pasando por ahí. Empezó a alarmarse vagamente.

Bajó las escaleras hasta el primer piso, no estaba el portero y habían dejado la televisión encendida en el mesón de la entrada. Pura estática también. No vio a nadie cuando bajó. Caminó hacia la avenida Irarrázaval, y encontró una bicicleta botada en la acera. Ni lo pensó mucho, se subió a ella y tomó rumbó hacia Macul con Irarrázaval, a la casa de sus padres. En el horizonte se alzaba la cordillera.

Cuando había avanzado algunas cuadras hacia el oriente, vio algo que lo dejó perplejo. Se acercó lentamente, y se dio cuenta que en la acera había una estatua que nunca había visto ahí. Era un hombre, arrodillado y cubriéndose el rostro, en una expresión de profundo horror. La ropa, los rasgos, estaba demasiada bien hecha, era brutalmente realista. Se inquietó profundamente. No había nadie en la calle ni en las aceras. Siguió avanzando por la avenida. Al llegar a Pedro de Valdivia, la cosa se volvió más preocupante. Había varios vehículos abandonados, micros de la locomoción pública y un automóvil estrellado en el frontis de un banco. Por el cielo cruzaron raudamente dos helicópteros militares, pero más que vigilar o sobrevolar la ciudad, daba la impresión de que huían a toda velocidad hacia el norte. Al llegar a la esquina con Macul, vio un incendió en dirección a la Plaza Ñuñoa, una inconfundible columna de humo. Pero no se escuchaban las sirenas, ni de bomberos ni de ambulancias. Lo que si creyó escuchar, como un sonido a mucha distancia, eran los lamentos o gritos de una mujer.

Dobló por avenida Macul hacia el sur, y entró en un pasaje de casas bajas. Macul era un regadero de vehículos abandonados en medio de la calle. Entró a la casa de sus padres, y se dio cuenta de que ellos no estaban allí. Lo primero que hizo fue tratar de encender el televisor, pero no había energía eléctrica. Nada que hacer. Se sentó un rato en el living, ya francamente alarmado. Fue a la cocina, y se sirvió un vaso de agua de la llave. Por lo menos todavía hay agua, pensó.  Se asomó al pequeño antejardín, y sintió claramente que lo llamaban. Era de la casa del frente. Cruzó rápidamente y se encontró con Claudia, vecina de sus padres y amiga de su niñez.

Y ella le narró el horror de los últimos días.

Al parecer, David había dormido por lo menos dos días completos, después de haber llegado a su departamento tras la operación. Hacía dos noches atrás, una fuerza que sólo se podría describir como una potencia maligna había llegado a Santiago. En la primera noche se sintieron lamentos y gritos como de una mujer en distintos puntos de la ciudad. En plena madrugada, en las noticias dieron extras de último minuto diciendo que muchas personas en las comunas de la Zona Oriente habían experimentado una enfermedad inexplicable, por la que perdían toda movilidad y se transformaban en verdaderas estatuas de piedra. El mal se fue desplazando hacia el centro, aunque algunos testigos aseguraban que era más de un foco infeccioso, por llamarle de alguna manera. Luego comenzó una verdadera estampida, y los momentos más terroríficos se vivieron en Macul con Irarrázaval o en plena Alameda, donde una mujer de rasgos no muy definidos había desatado la histeria colectiva, señalando la gente que ella era la portadora del mal, ya no sólo entendido esto como la enfermedad descrita, sino como una maldad surgida de los abismos más profundos y los miedos más viscerales. En distintas zonas de la metrópoli se había cortado la energía eléctrica.

David miraba perplejamente a Claudia, como si ella no dimensionara lo que le estaba contando. Le preguntó si funcionaban los teléfonos fijos, y ella le dijo que sí. Y ambos se preguntaron si seguiría funcionando la internet. David decidió que pasaran la noche en la casa de ella, y fueron al pequeño supermercado de la esquina, a buscar cosas para comer.

Una vez ahí, en el lugar que más bien era un minimarket, se toparon con dos estatuas en la entrada y dos más en los pasillos del negocio. Ahora que sabía que eran personas, David no pudo evitar estremecerse al pasar cerca de ellos. Eran como estatuas de piedra. Y sus rostros daban la repugnante sensación de que seguían sufriendo una agonía inmóvil. David le comentó a Claudia que cuando se encontró con la primera estatua en la calle, tuvo la vaga y terrible percepción de que era un hombre. Tomaron algunas bebidas, unas latas de cerveza, pan y otras cosas, y se fueron de vuelta a la casa. David sintió de nuevo los lamentos, como un ruido originado a kilómetros de distancia, pero no dijo nada al respecto.

Y llegó la noche.

David cruzó a la casa de sus padres, diciéndole a una preocupada Claudia que sólo sería un momento. Sabía que su papá, como buen cincuentón, tenía una radio a pilas y una linterna. Afuera la noche estaba muy oscura, y pensó en la vieja expresión “como boca de lobo”. Iba utilizando el celular para iluminar el camino. Afortunadamente encontró lo que buscaba. De vuelta, en los pocos metros que había que caminar hasta la casa de su amiga, escuchó claramente los lamentos a lo lejos, viniendo desde el poniente. Sintió como se le erizaron los vellos de la espalda. Una vez en el living de Claudia, encendieron la radio y dieron con una emisora de AM. El periodista o lo que fuera, señalaba que el caos había afectado principalmente a Santiago y Viña del Mar. Pero como el contagio y los terribles sucesos habían ocurrido en la capital, la situación era muy complicada. Y aunque le llamaban contagio, nadie podía asegurar que el mal de las personas convertidas en piedra era contagioso, pero le seguían diciendo así. David y Claudia resolvieron que sería mejor no tocar ni acercarse demasiado a las estatuas, como precaución. Sin olvidar que en realidad no daban ganas de estar junto a ellas, ya que todas las que habían visto tenían rostros de miedo y expresiones de dolor. El locutor agregó de que había problemas con el suministro eléctrico en varias comunas de las dos ciudades, y se suponía que la situación sólo estaba afectando a la zona central del país, pero no había informaciones muy precisas del exterior, ya que las telecomunicaciones, incluyendo la internet, se cortaban y reanudaban, erráticamente. Luego algunas personas llamaron por teléfono a la emisora, diciendo más que nada incoherencias y balbuceos histéricos, pero la cuarta llamada los conmovió. Era la voz de un joven que contaba que la noche que todo comenzó, como a las tres de la madrugada, se empezaron a sentir los fuertes lamentos que venían desde la calle, cerca del centro de Santiago. Él salió de su casa, y junto a varias personas más vieron a una mujer que caminaba por el medio de la avenida. Sus cabellos se ondulaban en el aire. Una señora, visiblemente alarmada, se le acercó más para preguntarle que le sucedía, y de pronto la señora chilló de miedo y se comenzó a convertir en una verdadera estatua. Varios de los que estaban mirando salieron corriendo, pero otros se seguían acercando a la mujer, como hipnotizados por sus lamentos. Otro transeúnte se convirtió en piedra. Algunos perros huían espantados, pero dos o tres estaban frente a la mujer, ladrándole con fiereza. En el aire comenzaron a saltar y a reventar los cables eléctricos. El joven contó que salió corriendo, y que en un momento se había sentido como obligado a mirar al rostro a la mujer, lo que hubiera sido su fin. No dudaba de eso. Rompió en llanto al aire, y la radio quedó un momento en silencio. David y Claudia se miraron, conmovidos y con temor, y ella le confesó que escuchaba unos lamentos a lo lejos. Apagaron la radio y se fueron a dormir, Claudia en el dormitorio y David en el living. Apenas pudo conciliar el sueño, y en las primeras horas de la mañana tomó una decisión: iría a ver a Natalia a su casa, ya que no se había podido comunicar con ella.

Cuando le contó lo que quería hacer a su amiga, ella le dijo que lo acompañaba, y que no tenían para que ir caminando, ni en bicicleta, ya que tenía las llaves del auto de los Fernández, unos vecinos, estacionado en el fondo del pasaje. Ellos no estaban. David le preguntó si le habían dejado las llaves a ella, y Claudia le contestó que en verdad había entrado a su casa y las había tomado. Dejaron una nota en la puerta de los Férnandez, pensando en que podrían volver, más de una forma mecánica que creyéndolo realmente. Y partieron por Irarrázaval hacia el poniente, en un día iluminado por el sol. Natalia vivía en un edificio en San Isidro, a pocas cuadras de la Alameda, en pleno centro de la ciudad.


Al llegar a Vicuña Mackenna y doblar hacia el norte, la cosa se volvió muy complicada. La calle estaba llena de vehículos abandonados, incluso algunos policiales y buses de la locomoción pública. Así que se bajaron y comenzaron a caminar. Vieron algunas siluetas en las ventanas de los edificios, pero más de una estaba tan fija, tan inmóvil, que llegaron a la conclusión de que estaban petrificadas. Pero otras claramente eran personas, mirando con precaución. Y David se acercó a una larga pared donde había varios rayados hechos con un stencil; era simplemente el rostro de una mujer, con los ojos blancos y el pelo arremolinado, casi como serpientes moviéndose alrededor. Vieron algunos gatos y perros corriendo o caminando por la calle. Por el cielo, pasaron más helicópteros, y un avión a reacción  a muchísima altura.

(...)

Miguel Acevedo

sábado, 21 de mayo de 2016

RESEÑA DEL LIBRO “CARTELERA DE CINE”, DE MIGUEL ACEVEDO.



(Prólogo escrito por Patricio Muñoz, para mi libro “Cartelera de Cine”, para una edición publicada especialmente en el Día del Libro por GatoJurel Ediciones. Patricio es actor y miembro de “Teatro de Ingenio en Movimiento”).

¿Cuál es el verdadero valor de una obra literaria?,  sin dudas, el quedar en nuestra memoria como un mensaje o enseñanza, pero existen obras literarias como “Cartelera de Cine” que nos mueven al recuerdo y la nostalgia.

El llevarnos a un paseo por aquellos lugares que tantas veces visitamos y que tantas memorias nos traen de inmediato.

Sin dudas Miguel Acevedo su autor, ha hecho en este breve pero entretenido texto pasearnos por los entretelones de viejos y olvidados cines como los de mi juventud y adolescencia, el Ideal Cinema de calle Mapocho , o el recordado Prat de calle San Diego.

Cuantos recuerdos del cine Normandie donde hoy se levanta lo que queda del Centro Arte Alameda, y tantos mas , las tardes lluviosas de invierno en el Capri donde por primera vez vi una trilogía de filmes , “El padrino uno , dos y tres” de un solo sopetón…a veces solo otras acompañado por algún amigo.

Para mi aún está en la memoria la visita a ver una gran película al cine City de calle Huérfanos con el cura de mi parroquia, años después él se retiraría de la iglesia para casarse con la secretaria parroquial. “Crimen Bajo el sol” basada en la novela de Agatha Christie, con Peter Iustinov en el rol de Hércules Poirot.

O las tardes casi de sueños en el gran cine Santa Lucia, súper cinerama, donde en 1971 vi como tantos jóvenes un recital de Led Zeppelin, en pantalla curva y a todo sonido, aun está en mi nariz el olor a hierba…eran otras épocas.

Por eso este pequeño libro debe ocupar un lugar especial en nuestra biblioteca, porque representa la memoria en gran medida de los que amamos el séptimo arte que hoy con el avance de la tecnología va en franco retiro.

“Cartelera de Cine” un libro para recomendar, para leer en las  oscuras tarde del Otoño-Invierno, al lado de un coñac y de quien tú quieras.

Cartelera de Cine, cae en convertirse en una delicatessen literaria…..

ALTAMENTE RECOMENDABLE.


Patricio Muñoz.

Actor.

martes, 3 de mayo de 2016

Reseña para "Espejos", de Paz Correa y Miguel Acevedo.

Reseña para el libro de narraciones breves y nanocuentos "Espejos" (de Paz Correa y Miguel Acevedo), escrita por José Olivares, en una edición especial de GatoJurel Ediciones para el pasado Día del Libro.


RESEÑA  ESPEJOS

Espejos es un interesante ejercicio literario, que Paz Correa y Miguel Acevedo,  saben dar un nuevo aire, o más bien una nueva mirada; este ejercicio no consiste sólo en compartir una hoja en blanco, sino más aún lograr espejear y confundirse entre las imágenes propias y las ajenas, entre el relato íntimo y el denunciante, entre el testimonio y la crónica. Así,  estos dos autores nos pasean por un paisaje reconocible e invisible a la vez, para llevarnos por diversas emociones, emociones que nos reflejan  como sujetos nobles y precarios.


El “espejo” como fenómeno es siempre un ejercicio plural en su naturaleza singular, es así como una singular mirada puede reflejar lo que de universal tenemos. Este texto reivindica el acto de observar, con la generosidad y valentía del que se para de frente a un espejo, para mirar a un otro.

José Olivares



Revuelta, yo no te olvido 🖤