viernes, 18 de marzo de 2011

lunes, 7 de marzo de 2011

La Muerte de los Cines de Santiago Centro: Anexo






































Para complementar el artículo "La Muerte de los Cines de Santiago Centro", he subido las siguientes imágenes de mi archivo: el afiche del estreno de "Galáctica, astronave de combate", del estreno de "La Invasión de las Arañas", de " La Guerra de las Galaxias", y una cartelera de los cines, del 19 de octubre de 1978.


(Hagan click sobre las imágenes para agrandarlas).




domingo, 20 de febrero de 2011

La Muerte de los Cines de Santiago Centro



Hace ya varias semanas atrás, cerró el cine Gran Palace. Si a eso le sumamos el cierre del Hoyts del paseo Huérfanos (donde estaba el antiguo cine Rex), ya casi no quedan cines en el centro de Santiago. Están el Cine Arte Normandie (que se mantiene a pesar de los embates de los elementos y del mercado) y el Cine Arte Alameda, pero un poco en la periferia de lo que todos comúnmente llamamos “el centro”. Y sin contar las salas que exhiben cintas triple X (como el Nilo, el Mayo o el Capri), lo que estamos viendo es lisa y llanamente la muerte de las salas de cine, en una zona que estuvo caracterizada precisamente por su existencia. Su servidor creció en los años 70 y 80 (la década del 80 aún está en pleno revival aquí en Chile), y cuando con mis amigos íbamos al centro, un panorama seguro era ir a ver una película al cine. Sea con mis papás, o luego sólo con mi hermano y mis amigos, se podía ir al Windsor, al Ducal, al Rex, al impresionante cinerama del Santa Lucía, al Bandera, al Central, al Huérfanos, al Huelén (que se especializaba en dar cine infantil), al Victoria, al Astor o al Lido. Alguna vez también existieron el cine Metro, el España, el Toesca y el Alfil. Y además estaban las salas que daban las películas luego del estreno, solas o en programas doble, como el City, el York, Cinelandia o el cine Río. Y también los inolvidables cines de barrio, como el California o el cine arte de la Universidad Católica, en la plaza Ñuñoa. Y el mítico cine Prat, en el barrio Franklin… (cito a mi hermano: “el punto es que si hubiese existido tarjeta de socios del cine Prat, nosotros hubiésemos sido los primeros en la lista” http://poetalandia.blogspot.com/2008/05/otra-sobre-king-kong.html )
En los 90 y hasta los primerísimos años 2000, varias de estas salas siguieron sobreviviendo, pero una a una sucumbieron a la feroz modernización capitalista, en su fase neoliberal. Algunas se remodelaron y trataron de adaptarse al nuevo aspecto, y dinámica, del negocio cinematográfico, volviéndose multisalas, y con una confitería más al estilo yanqui, pero estaban en sus últimos estertores y nada las pudo salvar, ni a las hace muchos años extintas salas del multicine Rex, ni al renovado cine Gran Palace. Los últimos días fueron sin pena ni gloria. Y más de alguien habrá pensado cínicamente, que no hay lugar para la nostalgia ni la melancolía en el reino del business.

No he sido riguroso en esta nota, ni pretendía serlo. No están nombradas todas las salas del circuito cinematográfico de Santiago centro, ni mucho menos los numerosos cines de barrio. Solamente quería recordar que hubo vida antes de los 2000, antes de los pop corn y los estrenos simultáneos de una película en Chile y en Estados Unidos, antes de los esnob que creen que la creación audiovisual nació con Internet, antes de los “creadores” eternamente becados por los Fondart, o de los consumidores que entran al complejo de salas actual y ven cualquier película que se haya estrenado. Y donde la crítica de cine (con escasas y honrosas excepciones, por supuesto) es simple exaltación de las cintas más comerciales, entrega de datos de taquilla, recaudaciones y costos en dinero, entrevistas sin ningún contenido a la fugaz estrella de moda, y otras lindezas que se supone serían propias de un “crítico de arte”, (hoy sólo comentarista de espectáculos). Qué lejos estamos de los años en que se estrenaba kaijú en el cine (como “La Guerra de los Monstruos” o “La Furia de King Kong”, ambas de Ishiro Honda), o en un plano muy distinto, pero igual de extraño para la supuestamente glamorosa realidad de hoy, se podía ir a ver “100 niños esperando un tren” en plena dictadura militar, cuyos censores la catalogaron para mayores de 18 ó 21 años, con tal de poner trabas a su exhibición, y donde los protagonistas no eran actores que luego del estreno comercial se les iban los humos a la cabeza, sino niños de un taller de séptimo arte en la población Lo Hermida… (Y por favor, por estos párrafos no me vengan después con que soy de los superficiales con nostalgia del pasado mejor, que lo más terrible que les pasó en esa época era que no podían carretear tranquilos en la madrugada por culpa del toque de queda. Tengo la memoria intacta, y estos no son mis únicos recuerdos de los años de la dictadura de Pinochet, y lo joven que era no me impedía saber lo que pasaba a ojos de todo el mundo).
A fin de cuentas, la muerte de los cines de Santiago centro, lo único que logra es volver un poco más fea a esta ciudad.

Para terminar, los invito a leer un muy buen texto sobre el desaparecido cine Lido, en el siguiente enlace:
http://www.mabuse.cl/articulo.php?id=86440


“Teatros no Cines: Se suele incurrir en una pequeña confusión cuando se recuerda que los cines de esa época eran denominados teatros. El motivo es porque los propietarios no sólo exhibían filmes en sus dependencias, sino también lo combinaban con funciones teatrales, cuyas compañías muchas veces eran de gran número, según fuesen las condiciones del recinto.” ( Cines de Santiago Centro, por Alberto Angerstein y otros, en Cinema Paraíso, número 1, mayo 2005)

Miguel Acevedo

sábado, 19 de febrero de 2011

King Kong en Cartagena


(Ya en la recta final de este mes de febrero, quiero compartir con ustedes este texto sobre los veranos de mi niñez. Ya ha sido publicado en Bblogzine y en Poetalandia)
En los años 70 –y hasta inicios de la década de 1990- había en el popular balneario de Cartagena dos cines. Uno era el cine Central, que quedaba en la calle Casanova casi al llegar a la Plaza de Armas, y que estaba pegado a la iglesia más importante de la ciudad. Y el otro era el cine Francia, ubicado al comienzo de la conocidísima Terraza, paseo obligatorio de todas las noches, y junto a la concurrida Playa Chica. Todos lo veranos era religiosamente obligatorio para mí, mi hermano, mis padres y mis tías y tíos ir a esos cines, a ver los estrenos del año anterior, repuestos ahí para aprovechar el público de la temporada veraniega. Y el verano de 1978 fue el verano de King Kong, la gigantesca octava maravilla del mundo.
Durante 1977 habían estrenado en Santiago la superproducción “King Kong” (1976), dirigida por John Guillermin y producida por Dino de Laurentiis, y unas semanas antes un distribuidor local, aprovechando la inminente llegada a las salas de esta cinta, aprovechó de estrenar “La Furia de King Kong”, con un cartel similar al de la película de Laurentiis, pero que en realidad era “King Kong Escape”, cinta japonesa de 1967 dirigida por el legendario creador de películas de kaiju eiga (monstruos gigantes con cremallera incluida) Ishiro Honda. Cabe señalar que en esta cinta nipona, un Kong de ojos azules se enfrentaba en su isla misteriosa a una serpiente marina y a un tiranosaurio que lanzaba patadas voladoras, y luego en el clímax que tenía lugar en Tokio, combatía contra Meca-Kong. Bizarrísima. En los diarios de la capital incluso salió publicado un aviso, donde otros distribuidores cinematográficos recalcaban que esta película no tenía nada que ver con el inminente estreno que todos esperaban*. Bueno, así que ese verano tuvimos a Kong en la playa por partida doble, en la versión japonesa y en la versión gringa, yendo a ver esta última unas cuatro veces (¡si, cuatro veces!) para admirar a la hermosa Jessica Lange cuando era joven, y ver la inolvidable batalla final de Kong contra los helicópteros en la cima de las hoy inexistentes Torres Gemelas. Debo confesar que prácticamente en la última de esas ocasiones en que me repetí la película, fui recién capaz de no taparme los ojos y ver completa la secuencia en que Kong le abría el hocico a la serpiente gigante contra la que luchaba a los pies de las montañas donde quería subir con su amada. Todas las funciones en el cine Central fueron con la sala llena. Y luego, en las tardes de los días siguientes, después de la bajada a la playa de rigor, y tras tomar once con el infaltable pan de huevo, jugábamos con los amigos de ese verano en la calle con un gorila de juguete comprado en cualquier parte, y que para la ocasión obviamente era Kong, luchando contra otros monstruos inventados por nosotros.
Un par de veranos después reestrenaron “King Kong” en el cine Francia. Recuerdo haber pasado junto al cine en la noche, de camino a la Terraza, y había una fila de público esperando para entrar a la última función. Realmente King Kong fue un éxito de taquilla en Cartagena.
No voy a hacer aquí una crítica cinematográfica del film de Guillermin, que no he visto de nuevo hace muchos años. Me parece que es de esas películas que con el paso de los años logra volver más notorios sus defectos, cosa que no pasa con la cinta original de 1933. Lo único que quiero señalar es por qué fui a verla tantas veces, y parto aclarando que no fue por Jessica Lange. En el afiche oficial de la cinta, Kong salía sobre las Torres siendo atacado por varios helicópteros militares, y con un jet ardiendo en la mano. Pero en otro de los afiches Kong salía rodeado sólo por jets de combate**, y yo esperaba que en una de las ocasiones en que volvía a ver la película pasaría eso, que cambiaría el final y efectivamente Kong sería atacado por los famosos jets. Pero obviamente eso nunca ocurrió, por más veces que viera de nuevo la cinta. Como tampoco se materializó en ninguna función la secuencia que prometía otro de los carteles publicitarios alternativos de la película, donde Kong salía luchando contra la serpiente gigantesca en los muelles de Nueva York. Pero lo que si ocurrió fue que el tiempo pasó inexorablemente en Cartagena. El Cine Francia cerró sus puertas hace años. Ya no se puede ir ahí a ver la última función de la tarde y salir luego a la noche, cargada del ruido y el sabor del mar. Y la última vez que vi el cine Central, se había convertido en una iglesia evangélica, donde tanta gente busca alienarse, para escapar a la alienación cotidiana. Pero el mar y los bosques aún continúan rodeando esa pequeña ciudad, y la cordillera de la costa sigue a sus espaldas. Y cada noche, si uno aguza los oídos y la imaginación, se pueden escuchar los gritos portentosos del rey de los monstruos, del gorila gigante que definitivamente dejó sus huellas en las calles de la Cartagena de nuestra infancia.

Miguel Acevedo


Notas:
*”La Furia de King Kong” llegó a las salas santiaguinas (cines Bandera y Santiago) el lunes 23 de mayo de 1977. Y el King Kong de Guillermin y De Laurentiis llegó a la cartelera nacional el 4 de julio del mismo año, siendo estrenado en los cines Windsor, Victoria, Plaza, Las Condes y El Golf de la capital, además de llegar a salas de las ciudades de Valparaíso y Concepción.

** En realidad, esos carteles cinematográficos de 1976-1977, con los jets sobre las Torres iconos del capitalismo, rodeadas de humo y fuego, eran bastante premonitorios.

sábado, 12 de febrero de 2011

La verdadera izquierda de Hollywood


por Slavoj Zizek*

En estos días, por enésima vez han estado dando "300" en el cable. Sobre esta película que he visto muchas veces, quiero compartir con ustedes esta reseña...


(Nota de Perfil.com: El filósofo esloveno analiza las implicancias morales e ideológicas de la película “ 300”, que narra la historia de los trescientos espartanos que se sacrificaron para impedir la invasión del ejército persa. Contrariamente a las interpretaciones que el film suscitó, Zizek cree ver que la trama pone a los espartanos –con su disciplina y espíritu de sacrificio– más cerca de los ejércitos de resistencia árabes que del espíritu chauvinista estadounidense)

La película 300 de Zack Snyder, la saga de los trescientos soldados espartanos que se sacrificaron en las Termópilas para impedir la invasión del ejército persa de Jerjes, fue atacada como el peor tipo de militarismo patriótico, en una obvia alusión a las tensiones recientes con Irán y los sucesos en Irak. ¿Pero en realidad son tan claras las cosas? Más bien, habría que defender la película a toda costa contra esas acusaciones. Hay dos puntos que debemos considerar; el primero tiene que ver con la historia misma. Se trata de la historia de un país pequeño y pobre (Grecia) que ha sido invadido por el ejército de un Estado mucho más grande, y más desarrollado en esa época, que además cuenta con una tecnología militar de avanzada. ¿No son acaso los elefantes persas, los gigantes y las enormes flechas de fuego la antigua versión de las armas de alta tecnología? Cuando el último grupo de sobrevivientes espartanos y su rey Leónidas mueren bajo los cientos de flechas, ¿no son de alguna manera bombardeados a muerte por tecnosoldados que manejan armas sofisticadas a distancia, al igual que los soldados estadounidenses que oprimen botones de cohetes desde lejos, en barcos de guerra bien protegidos en el golfo Pérsico? Además, las palabras de Jerjes cuando pretende convencer a Leónidas de que acepte la dominación persa no parecen de ningún modo el discurso de un fanático musulmán fundamentalista; trata de someter a Leónidas a través de la seducción, pues le promete la paz y los placeres sensuales si se une al imperio global persa. Lo único que le pide es el gesto formal de arrodillarse ante él, de reconocer la supremacía persa. Si los espartanos hacen esto, se les otorgará autoridad suprema sobre toda Grecia. ¿El presidente Reagan no le exigió lo mismo al gobierno sandinista de Nicaragua? Sólo tenían que decirle “Hola, Tío” a los Estados Unidos… ¿Y no muestran la corte de Jerjes como una especie de paraíso multicultural abierto a diferentes estilos de vida? Todos participan en orgías, diferentes razas, lesbianas, gays, tullidos, inválidos, etcétera. Entonces, ¿los espartanos, con su disciplina y espíritu de sacrificio, no están mucho más cerca de los talibanes que defienden Afganistán contra la ocupación estadounidense (o, de hecho, de la unidad de elite de la Guardia Revolucionaria Iraní, dispuesta a sacrificarse en caso de una invasión estadounidense)? El arma principal de los griegos contra la avasalladora superioridad militar es la disciplina y el espíritu de sacrificio… Y para citar a Alain Badiou: “ Necesitamos una disciplina popular. Diría incluso… que ‘aquellos que nada tienen sólo tienen su disciplina’. Los pobres, los que no cuentan con medios financieros ni militares, los que carecen de poder, lo único que tienen es su disciplina, la capacidad de actuar en conjunto. Esa disciplina ya es una forma de organización”. En esta época de permisividad hedonista como ideología imperante, ha llegado el momento de que la izquierda se (re)apropie de la disciplina y del espíritu de sacrificio: en estos valores no hay nada intrínsecamente “ fascista”. Pero esa identidad fundamentalista de los espartanos es aún más ambigua. Una declaración programática hacia el final de la película que define la agenda griega como “ contra el dominio de la mística y de la tiranía, hacia el brillante futuro”, detallada más adelante como el imperio de la libertad y la razón, parece un programa elemental de la Ilustración, ¡incluso con un sesgo comunista! Recordemos, también, que al comienzo de la película Leónidas rechaza de pleno el mensaje de los “ oráculos” corruptos, según los cuales los dioses prohíben la expedición militar para detener a los persas. Como nos enteramos después, los persas habían sobornado, en efecto, a los “oráculos” que, al parecer, recibían mensajes divinos a través de un trance extático, al igual que el “oráculo” tibetano que, en 1959, le transmitió al Dalai Lama el mensaje de que debía salir del Tíbet, y que –como sabemos hoy– ¡ figuraba en la nómina de la CIA! ¿Y cómo entender el aparente absurdo de la noción de dignidad, libertad y razón, basada en la disciplina militar extrema, que incluía la práctica de eliminar a los niños débiles? Ese “absurdo” no es otra cosa que el precio de la libertad: la libertad no es gratuita, como aparece en la película. Se reconquista a través de una lucha ardua en la que es necesario estar dispuesto a arriesgarlo todo. La despiadada disciplina militar espartana no es simplemente lo contrario de la “ democracia liberal” ateniense; es su condición inherente y constituye sus cimientos: el sujeto libre de la razón sólo puede emerger a través de una cruel autodisciplina. La auténtica libertad no es la libertad de elegir que se ejerce a prudente distancia, como optar por una torta de frutillas o por una torta de chocolate; la verdadera libertad es inseparable de la necesidad. Hacemos una auténtica elección libre en el momento en que la elección pone en juego nuestra propia existencia… y la llevamos a cabo porque, sencillamente, “ no podemos hacer otra cosa”. Cuando nuestro país se halla bajo ocupación extranjera y nos convoca el líder de la resistencia para que nos unamos a la lucha contra los invasores, la razón que nos da no es “ eres libre de elegir”, sino “¿no te das cuenta de que esto es lo único que puedes hacer si quieres conservar tu dignidad?”. No sorprende, pues, que todos los radicales igualitarios y precursores de la modernidad, desde Rousseau hasta los jacobinos, admiraran a Esparta e imaginaran la República Francesa como una nueva Esparta: hay un núcleo emancipatorio en el espíritu espartano de disciplina militar que se mantiene y perdura, aun cuando le restemos toda la parafernalia histórica del régimen de clases, la explotación brutal de los esclavos sometidos al terror, etcétera. Mucho más importante es, quizás, el aspecto formal de la película: se filmó en su totalidad en un depósito de Montreal; el paisaje y varios de los personajes y objetos fueron construidos digitalmente. El carácter artificial del fondo parece contagiar a los actores “reales”, que a menudo parecen personajes de historieta (la película está basada en la novela gráfica 300 de Frank Miller). Además, la naturaleza artificial (digital) del ambiente genera una atmósfera claustrofóbica, como si la historia no sucediera en la realidad “real”, con horizontes infinitos e ilimitados, sino en un “ mundo cerrado”, una especie de mundo en relieve de un espacio cerrado. Desde el punto de vista estético, la película es superior a La guerra de las galaxias y la serie de El señor de los anillos : a pesar de que también en esas series varios objetos y personas fueron creados digitalmente, la impresión que causan es, no obstante, la de actores digitales (y reales) y objetos (elefantes, Yoda, Urks, palacios, etcétera.) ubicados en un mundo “real”; en 300, por el contrario, todos los protagonistas son actores “reales” ubicados en un fondo artificial; la combinación produce el efecto de un mundo “cerrado” mucho más siniestro, una mezcla “cyborg” de personas reales integradas en un mundo artificial. Pero sólo en 300 la combinación de actores “reales”, objetos y fondo digital llega a crear un espacio estético autónomo y nuevo de verdad. La práctica de combinar artes diferentes, de incluir en un arte la referencia a otro, tiene una larga tradición, en especial con respecto al cine; por ejemplo, en muchos de los cuadros de Hopper, cuyo tema es el de una mujer detrás de una ventana abierta que mira hacia afuera, es clara la mediación de la experiencia del cine (muestra un plano sin su contraplano). Lo que hace notable a 300 es que, en esta película (y no por primera vez, por supuesto, pero de un modo mucho más interesante desde el punto de vista artístico, que, digamos, el Dick Tracy de Warren Beatty), un arte técnicamente más desarrollado (cine digitalizado) remite a uno menos desarrollado (la historieta o cómic). El efecto logrado es el de la “verdadera realidad” que pierde su inocencia y aparece como parte de un universo artificial cerrado, es decir, la figuración perfecta de nuestra problemática socioideológica. Los críticos que sostienen el fracaso de la “síntesis” de las dos artes en 300 están, pues, equivocados, y precisamente porque tienen razón: por supuesto que falla la “síntesis”, por supuesto que el universo que vemos en la pantalla está atravesado por un profundo antagonismo y una gran inconsistencia, pero ese mismo antagonismo es el signo de la verdad.


*Traducción del inglés: Luz Freire

Postdata: para una visión totalmente crítica de este film, los invito a ver este enlace:

domingo, 30 de enero de 2011

El cine de terror en los años 60


(Este artículo lo escribí hace años para un número especial de una revista electrónica sobre los 60, que nunca se materializó... igual fue publicado en bblogzine.blogspot.com.)


La década de 1960 fue muy importante para un género cinematográfico amado por muchos, pero considerado inferior por la crítica especializada "culta": me refiero al cine de terror. En esos años los films de horror alcanzaron lo que podríamos llamar la madurez, ya que la trama y los finales se vuelven muy inquietantes, dejando de lado el happy end totalmente anticlimax de las cintas terroríficas de los años 50 (citemos un solo ejemplo, la soberbia versión original de " La Mosca" con Vincent Price, que luego de mostrarnos el dramático final del científico protagonista, culminaba con una secuencia de alegría familiar casi infantil...). Los 60 se abren nada menos que con una de las mejores cintas de Alfred Hitchcock: "Psicosis", una de las cimas del subgénero de los asesinos dementes seriales, protagonizada por Anthony Perkins y de una potencia visual y dramática sólo comparable a las mejores películas de su director, "Vértigo", "Los Pájaros" y "Rebeca". No hay que olvidar que "Psicosis" está basada en una novela de Robert Bloch, uno de los mejores autores de cuentos de terror del estilo pulp, y quien fue amigo epistolar de Lovecraft en su adolescencia. Pero los horrores y la diversión en base al estremecimiento recién comenzaban, luego vendrían cintas de la potencia de "Arde, Bruja, Arde", basada en una novela de Fritz Leiber, o la otra cumbre del terror fantástico de esos tiempos: la ya nombrada "Los Pájaros", joya con efectos visuales de Albert Whitlock y que tiene una patética "segunda parte" que no se debería ni recordar.

Pero no todo se realizaba en los países anglosajones. Desde Italia apareció "La Máscara del Demonio", también conocida como "Domingo Negro", del maestro del cine terrorífico italiano, Mario Bava, quien inspiró a seguidores actuales como el director Darío Argento. Bava también nos regaló en esos años su cinta "Los Vampiros del Espacio", del raro subgénero de los no-muertos espaciales, el que tiene una de sus cumbres en la bizarra película de 1985 "Lifeforce", dirigida por Tobe Hooper.

Una cosa a destacar en los años 60 es la aparición de pequeñas productoras que se dedicaron casi por completo al género, y una de las más importantes es la inglesa Hammer, donde se cocinaron algunos de los mejores platos de la década. La Hammer ya venía aterrorizando al público desde los 50, con los inicios de la saga del Conde Drácula o del doctor Frankenstein, las que tenían una carga de violencia gráfica y erotismo ausente en las cintas clásicas de la Universal sobre estos monstruos. En esta productora comenzaron a descollar como actores de terror los talentosos Peter Cushing y Christopher Lee. Y también debemos mencionar las cintas sobre el doctor Quatermass, afortunado híbrido entre la fantasía científica y el terror. En los 60 la Hammer nos regaló películas de la talla de "Frankenstein Debe Morir" o "Drácula, Príncipe de las Tinieblas", ambas de Terence Fisher, o "Drácula Vuelve de la Tumba", dirigida por Freddie Francis, destacado también como director de fotografía, y quien durante décadas quiso realizar un film sobre Edgar Allan Poe, que nunca pudo financiar (¡Que lástima! Cuanto dinero invertido en cine basura podría haber servido para materializar un proyecto así...). Pero no sólo los monstruos revividos del terror gótico nos estremecieron gracias a la inglesa Hammer. En 1967 se estrenó "Una Tumba a la Eternidad" ("Quatermass and the Pit"), la tercera entrega de la saga del doctor Quatermass y una de las mejores cintas del cine de terror cruzado con la ciencia ficción. Durante la construcción del tren subterráneo en Londres, es descubierta una nave espacial de 5 millones de años de antigüedad. Y el mal que viajaba en ella se despierta, revelando un macabro secreto sobre el origen de la raza humana. Film estremecedor y de clara inspiración lovecraftiana, que fue homenajeado en otra de las mejores películas fantásticas de todos los tiempos, la versión de John Carpenter de " La Cosa del Otro Mundo" de 1982, cuya secuencia final es un tributo al cierre de la película de la Hammer, donde los protagonistas no saben si realmente destruyeron a las fuerzas malignas que amenazan al planeta. (Dicho sea de paso, el final apocalíptico de "Lifeforce" con una ciudad de Londres destruida por la contagiosa e incontrolable furia extraterrestre, también puede leerse como inspirado por "Una Tumba a la Eternidad").

A la tenebrosa sombra del éxito de la Hammer, otras productoras siguieron el camino a ambos lados del océano Atlántico, y algunas dignas de mención son la Amicus, la AIP o la Planet. En ellas participaron directores de la talla de Terence Fisher o de Francis, o el maestro de los escalofríos y el cine clase B, Roger Corman. Aquí podríamos mencionar las películas de varios episodios como "El Doctor Terror" o "Las Tijeras del Diablo" (esta última con guión de Robert Bloch), ambas producidas por la Amicus y dirigidas por Freddie Francis; o " La Isla del Terror" de Fisher, producida por Planet, donde unos monstruos engendrados por la ciencia, los Silicatos, (criaturas cuyo diseño es una especie de versión orgánica de las mantarrayas marcianas de " La Guerra de Los Mundos" de George Pal) asolan a la población de una isla, defendida por un puñado de héroes encabezados nada menos que por Peter Cushing. De la AIP no podemos dejar de mencionar el ciclo de Edgar Allan Poe, dirigido por Roger Corman, y donde debemos resaltar sus versiones de " La Caída de la Casa Usher" o " La Máscara de la Muerte Roja", y la cinta "El Palacio Encantado", que de Poe sólo tiene el poema y la atmósfera, pero que es una adaptación nada de despreciable (otras si lo han sido, por desgracia) de un relato del Ciclo de Cthulhu de H. P. Lovecraft: "El Caso de Charles Dexter Ward". De Corman también es más que destacado su alucinógeno film "El Hombre con Visión de Rayos X", una película absolutamente de culto.

Otras cintas a reseñar de la década son las incursiones en el terror de las primeras películas de Roman Polanski: por ejemplo, "Repulsión", cinta que estremece con la perturbadora actuación de Catherine Deneuve, o la joya del cine satánico "El Bebé de Rosemary", con Mia Farrow y producida por el ingenioso artesano del miedo William Castle. (En los años 90, Polanski volvería a incursionar en la temática del satanismo con "La Última Puerta", pero esta vez con un tono abiertamente apologético y gozoso). No podemos olvidar tampoco un par de largometrajes de ciencia ficción emparentados con el cine terrorífico, y más particularmente con el subgénero de los niños diabólicos: nos referimos a los pequeños, y no por ello menos temibles, extraterrestres de "El Pueblo de los Malditos" (dirigida por Wolf Rilla) y su secuela "Los Niños Malditos", de Anton Leader. Ambas películas inglesas están inspiradas en una novela de John Wyndham, autor además del "Día de los Trifidos", que también fue adaptada al cine en Inglaterra. "El Pueblo de los Malditos" cuenta con un excelente remake de John Carpenter, filmado en 1995.

No hemos pretendido ser exhaustivos en esta breve reseña, sabemos que más de una joyita de lo bizarro se nos ha quedado en el tintero. Pero lo que queríamos destacar es la fuerza del cine de terror en los años 60, donde se da algo que muy bien señalaba un fan en uno de los tantos sitios dedicados a este entrañable género; no se trata sólo de que una cinta provoque un salto en la butaca, sino de que el miedo esté en la historia misma, en las implicaciones del argumento, en los horrores que nos acechan detrás de lo cotidiano. A eso le llamamos madurez. Y no podemos olvidar que la década se cierra con "La noche de los Muertos Vivos" de un joven George A. Romero, película gore filmada en blanco y negro, donde los protagonistas no sólo deberán luchar contra el hambre homicida de los muertos que caminan, sino contra la más oscura maldad de sus congéneres con vida, si es que puede llamársele así al "way of life" que nos propone, ya desde esa época, la sociedad de consumo capitalista.

Y nos queda más que claro que las novísimas cintas de miedo de consumo rápido (muy bien envueltas en efectos digitales y pop-corn), junto con muchas otras mercancías actuales, ya no tienen la misma calidad de las de antes, porque la línea del progreso ascendente en el arte y en el capitalismo, no existe.


Miguel Acevedo M.


"No Pasó"

 "No pasó", Álvaro Bisama  No pasó. No sucedió. Fue un invento. No hubo golpe de estado. La Armada no se sublevó. El Ejército no f...