jueves, 17 de marzo de 2011

Julián Cruzando el Abismo




Julián dejo a un lado el libro que estaba leyendo recostado en la cama. Se levantó, salió de la habitación y entró en el pequeño living. Se puso la chaqueta que tenía apoyada en el respaldo de una silla. Abrió un cajón del escritorio y sacó su personal stereo y dos cassettes-uno de Venom y el otro de Coil-. Después levantó el doble fondo del cajón y sacó una tarjeta magnética y una daga pequeña y afilada, que se guardó en un bolsillo disimulado de la chaqueta. “Julián”, le dijo su madre. Entró a su pieza, donde la señora en silla de ruedas estaba en la penumbra. Julián prendió la luz y habló con ella, que le preguntó si iba a salir. Le contestó que sí; había sonado su biper, y tenía que irse. Cerró la cortina que había en la entrada de la pieza de su madre y salió de la casa. Afuera, el viento mecía las hojas de las copas de los árboles, y la vereda por la que caminaba estaba llena de hojas caídas. Y a había oscurecido y las estrellas y un pedazo de la luna se veían entre las nubes. Tomó el microbús en la avenida Ramón Cruz. Se sentó al lado de la ventana y puso el cassette de Venom en su personal. Mientras viajaba en la ciudad de noche, la guitarra, el bajo, la batería y la voz bramaban en sus oídos. Se bajó en avenida Providencia, a la altura de la estación del metro Pedro de Valdivia. Sacó la tarjeta y entró a un bancomático. Ahí, quedó frente a la pantalla del cajero automático y la cámara de video, que dejó enseguida de grabar imágenes. Julián rió levemente; le agradaba usar tecnología de vanguardia para comunicarse con los brujos. Le hacía comprender que los alardes de la era digital eran sólo una capa de maquillaje sobre el abismo. A fin de cuentas, la humanidad seguía viviendo sobre el lomo de una ballena. Presionó uno a uno los botones que había a los lados de la pantalla, en sentido inverso a la dirección de las manecillas del reloj. Luego digitó el número 216 y esperó unos segundos. Una foto salió por la ranura de la máquina; era la cara de una mujer joven, de pelo largo y oscuro. Al dorso había un nombre y una dirección. Julián salió del cajero automático con la faz ensombrecida. La cara y el nombre de la mujer-Marcela Lavey- le recordaba en forma vaga a una compañera de curso que había tenido en el liceo, en segundo medio. Cada vez se acordaba más de ella, y ya estaba seguro de que eran la misma persona la mujer que le habían asignado y su compañera, a la que no veía hacía más de doce años. Tomó el metro y se bajó en la plaza Italia. Subió y cruzó la Alameda mirando de reojo las cámaras de video y los cuarteles de policía móviles estacionados. Al pasar por el parque forestal vio a varios punks en el césped y los escaños. Mientras cruzaba el puente sobre el río Mapocho, vio a algunas adolescentes de ropas de cuero negro, con la cara enblanquecida y los labios azules, rojos fuego o negros. Al adentrarse por calle Pío Nono, se cruzó con un grupo de muchachos con ropas y maquillajes que les hacían parecer unos extras de un film sobre vampiros. Dobló por una bocacalle lateral y se detuvo frente a la dirección indicada. Era una tienda, llamada “El Culto”. Ya sabía que iba a hacer en el caso de que Marcela lo recordara, o en la variante de que no lo hiciera. Empujó la puerta y entró.

A su espalda quedó la noche de Santiago. Una mujer vestida de negro, levantó la mirada desde el rincón donde estaba sentada leyendo, y le quedó mirando. Luego se paró y se encaminó-sonriendo- hacia él. “Julián ¡tantos, pero tantos años!”, le dijo. Le dio un beso en la mejilla y le habló frases poco conexas sobre lo que ella estaba haciendo, y lo que había hecho. Brotaron a la vez recuerdos en común. “¿Te acuerdas del paseo de curso de final de año?”. “Oh...esa noche en la terraza de Cartagena...los cabros bañándose en el mar oscuro.” Marcela le mostró el local, donde se vendían libros, cómics, cassettes, discos compactos, películas en video. La tienda era de un tío de Marcela, pero ella había elegido el rubro de ventas. Había clientes fijos, le confesó a Julián. Este hojeó los cómics, los cassettes. Había grabaciones de grupos metálicos underground, nacionales y extranjeros. Libros de Lovecraft, Robert Bloch, Clive Barker y el escritor maldito inglés Errol Undercliffe. También había libros en inglés, un par de la colección “Abyss” y un volumen de narraciones breves de la escritora Sara Crowley. Marcela le tomó apenas la mano y acercó a Julián a la estantería con los videos. Allí vio películas de John Carpenter, Tsui Hark y el director coreano Harry Chang.

-Aquí estás nadando en lo que te agradaba, ¿no?- le dijo Julián a Marcela, acariciándole levemente el pelo. Salieron de la tienda casi a las diez de la noche. Marcela cerró y le propuso que fueran a su refugio. Arrendaba una pieza un poco más allá, hacia el río. Julián caminaba junto a ella, adivinando su bello cuerpo bajo la falda y la chaleca, recordando sus piernas juveniles miradas en los recreos del liceo. Le preguntó que leía ahora, señalándole el libro que llevaba en la mano izquierda. -Ah, son poemas de Baudelaire-, le dijo sonriendo. Mientras caminaban, Julián sentía que su corazón quería salírsele por la boca, pero sabía controlarlo. Hay que hacer lo que se debe hacer, pensó. De hecho, él cruzó el umbral del abismo y su conciencia le decía que la caída en el precipicio no disponía de un camino de regreso. En la pieza de Marcela las horas siguieron su marcha. Se sentaron en el suelo, sobre unos cojines. Julián recogió un fanzine que se llamaba “Los misterios del gusano”, y hojeó los dibujos y los párrafos apretados. -¿Tú escribes aquí, Marcela? -Sí-, le respondió ella. -¿Y firmas con tu nombre? -Casi, casi. Firmó lo que escribo como Ella Lavey- le dijo, y echó a reír. Sin darse cuenta, luego estaban conversando sentados en la cama, y una cosa fue hacia la otra. Una mano acariciando el pelo, la cabeza de ella apoyada en su pecho-“Qué agradable es que nos hayamos encontrado”- y los labios y las lenguas unidas en un beso prolongado. Se sacaron de a poco la ropa, y Marcela le inquirió si andaba con condón. El se descolocó un poco, y respondió que no, pero le murmuró al oído. Ella sonrío no muy convencida, pero más besos y caricias calientes los ablandaron más a ambos. Marcela se puso de espaldas, levantó las nalgas y separó sus piernas. Julián la penetró por atrás, despacio, con delicadeza. El dolor que los dos sufrieron un poco, dio paso a algunas lágrimas de puro gozo. Luego Marcela se durmió junto a él. Era la una de la madrugada.


Julián pensó, mirando al cielo raso y los pocos muebles, fumando. A las dos su decisión era firme, como una roca parando las olas de sus recuerdos al medio de la noche. No iba a fallarle a los brujos. Su vida y el bienestar de su madre-inválida desde hacía algunos años- estarían asegurados cumpliendo con su deber. Nadie vive de la memoria. Fumó un último cigarro.


Le dio un beso muy suave a Marcela, en la nuca. Se incorporó en silencio y sacó la daga de su chaqueta. Se acercó a la mujer, que comenzaba a despertarse, y le abrió la garganta. No alcanzó a quejarse. Fue al mínimo baño, lavó la hoja asesina y la sangre sobre su cuerpo desnudo. Luego se puso la ropa y volvió a salir a la noche. Antes de irse, tomó unos cabellos largos de Marcela que había en la almohada y los guardó en el bolsillo.


Caminó hasta el río Mapocho, y arrojó en sus aguas la foto de la mujer. Después hizo parar un taxi, y se dirigió hacia un barrio en el sector oriente de la ciudad. Le dijo al chofer que se detuviera, cuando llegó al lugar que le había indicado. El conductor le dijo el precio del viaje, y Julián se inclinó hacia él, le agarró el cuello y con la mano derecha sacó su arma silenciosa y lo degolló. La sangre del taxista cayó sobre el manubrio y sus piernas. Julián bajó del vehículo, y caminó nueve cuadras. Se detuvo al frente de una casa grande y oscura, sin ningún foco encendido cerca. Pasó un furgón policial y con el rabillo del ojo le pareció ver que el oficial a bordo le hizo un gesto de saludo. Se puso nervioso. Abrió la reja y cruzó el jardín; en el suelo había hojas caídas. La luz de la noche y los ladridos de los perros lo acompañaron hasta el zaguán, donde se abrió la puerta. Eran las tres de la madrugada.


En la amplia sala a oscuras, había una mesa y tres viejos sentados en sillas de cuero alrededor de ella. Un poco más atrás, había otro anciano. Sus caras estaban ensombrecidas por los capuchones de sus abrigos, pero no había ojos en las cuencas vacías. Las manos se descomponían sobre la mesa y un olor a corrupción y cadáver llenaba la estancia. Julián se acercó hacia ellos, y dejó los cabellos de Marcela sobre la mesa de gruesa madera, en la cual había además cuatro velas –la única luz en la casona-, un mazo de cartas y una hoja de oficio con algunos nombres impresos en ella. Contó paso a paso lo que había echo, añadiendo el saludo del policía y remarcando que no había usado guantes, por lo que sus huellas eran fáciles de hallar en la pieza de Marcela y en el taxi.


“No te preocupes muchacho. No te preocupes”, la dijo el anciano del fondo. Después, el de la derecha le informó de que tendría un compañero. No era bueno ser un sicario solitario, pues algunas cosas se pueden hacer solo, y a su vez hay misiones más complicadas y delicadas. Cada ejecución es como una obra distinta, y algunas necesitan más de un personaje. El brujo de la izquierda comenzó a barajar el mazo.
Se encendió un equipo de sonido, y la música de Vivaldi llenó la estancia. Julián pensó que eso era como la banda sonora de una película, donde él era uno de los protagonistas. A sus espaldas sonaron pasos y se dio la vuelta. Se acercaba a él un hombre joven que le sonrió en forma sincera, pero sin alegría.
- Julián, el es Pablo- dijo la voz de uno de los brujos.
Ambos se dieron la mano.


En Santiago, el tiempo sigue fluyendo con el curso del río Mapocho; con los vehículos que recorren calles y avenidas cuando cruzan la ciudad; con las fogatas que se encienden y apagan para darle calor a los marginales en las poblaciones, y con los pasos de Pablo, Julián y algunos más que caminan en dirección al siguiente asesinato.

Miguel Acevedo

2 comentarios:

  1. Qué genial tu cuento. Me esperaba otro de tus nostálgicos ensayos que me gustan tanto y he aquí un cuento de terror lleno de homenajes que me hace recordar tu vieja historia "El Sicario" (o algo así) que hace tantos años leí. En todo caso, has ido afinando el arte y realmente manejas muy bien tanto la narración como los complejos códigos de nuestra hermosa lengua castellana. Nota: No reconocí todos los autores que nombraste, supongo algunos los inventaste (te faltó nombrar a Ramsey Campbell que a ambos nos fascina y a Esteban Rey, que no sé si te perdono esta última omisión).

    Elwincito.

    ResponderEliminar
  2. Estimado: gracias por tu comentario.
    Sobre algunos autores que nombro en el cuento, voy a publicar una postdata en breve.
    Y sobre Esteban Rey, mi estimado amigo: tú sabes lo que opino de Esteban Rey (y eso que en mi juventud leí varios libros de él...)

    ResponderEliminar

Wonder Woman, la amazona que arrasa en el cine.

La Mujer Maravilla aparece en los comics en los inicios de la Edad de Oro (1935 – 1956), siguiendo la cronología de DC Comics. En 1938,...